De repente siento, veo cambios a mi alrededor, todo gira, todo avanza pero yo sigo acá. Dura, inmóvil. qué me pasa? Qué te pasa? Hace algo. Gritá. Corré. Pero no podía. Tenía mis pies atados, y no tenía voz. Estaba sola en medio del torbellino. No había opciones ni ayuda. Estaba sola. Como siempre.
Me desperté y reflexioné sobre mi sueño, pero no le di mucha importancia, siempre sueño cosas raras, bizarras e inexplicables. Cosas que me describen. Como lo que escribo. Encuentro a la escritura como la mejor vía de escape, pero también como un cable a tierra, aquello que me permite soñar pero también descargarme y expresarme. Ser libre. Ser yo. Cosa que en este mundo parece imposible. Todos debemos responder a los cánones que esta sociedad pide, ser flacos, lindos, adinerados, sino no servimos. No aparecemos. El conocimiento es algo inútil, no se valora ni premia. Se esconde, se evita porque el efecto que tiene en las personas es liberador, y eso a muchos no les conviene. A la religión no le conviene que las personas piensen que por sí solas pueden descubrir el cielo y no necesitan ser guiados (si es que se cree en la existencia de un cielo) a los gobiernos no les conviene que las personas se den cuenta de sus tretas y de su burocracia, o de la realidad. Les conviene que vean solo lo que ellos quieren mostrar sin refutarlo.
Por eso escribiendo, me propongo ir contra la marea, contra los que piensan que callados y pasivos construimos un mundo mejor. Porque no es así. Las acciones pueden construir al igual que destruir. Eso depende de la intención que tengamos y de la ejecución de las acciones. Ubicarse en el contexto social que uno vive, no soñar demasiado pero lo justo. Soñar. Porque a partir de sueños se construyen grandes realidades. Preguntarse cosas, buscar respuestas y hacerlas realidad. Hacer el sueño realidad para así llegar a ese momento de dicha, gratificante pero efímero que se hace llamar felicidad.


